EL HOMBRE DEL CARRITO
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No le había vuelto a ver desde hace tres o cuatro años.
Su imágen se me había hecho familiar en los últimos 20 años, empujando al principio un carrito de mano lleno de fardos de contenido impreciso, y, pasado el tiempo, un carrito de supermercado de mayor capacidad de albergue.
La leyenda, urbana o no, le atribuye un pasado: Médico cirujano, de más o menos prestigio. Posición desahogada, y felizmente casado. Una enfermedad de su mujer obliga a una intervención que realiza él mismo.
Ella muere en el quirófano. El, desesperado, lo abandona todo. Su hogar será la calle, y el techo que lo cubrirá, el cielo.
Los primeros años lo recuerdo solo, pero poco a poco comenzó a formar una familia.
Muy numerosa.
Pequeñas cabecitas de pelo sucio y enmarañado asomaban por entre los fardos que componían sus pertenencias. Gruñidos y conatos de ladrido que reclamaban la atención de su amo-amigo, me hacían examinar con más detenimiento el carrito, para intentar contabilizar a quienes los emitían.
Los miraba a ellos, y lo miraba a él, y siempre, sin darme cuenta, acababa esbozando una sonrisa de ternura al contemplar a aquella extraña familia, a cuyo "padre" nunca he visto alargar la mano para solicitar una limosna para mantenerla.
Los que hemos elegido (o podemos) vivir una vida "normal", somos intransigentes, y no sabemos, o no queremos entender la de los demás.
A alguien le molestó que esos numerosos perrillos acompañaran el deambular del hombre del carrito, y circuló por el barrio la noticia de que a causa de una denuncia se los habían quitado.
No habían mordido a nadie. Eran perritos pequeños, y el hombre procuraba asignarle a cada uno un bozal, pero quizás sus ladridos y gemidos, molestaban en la noche a ciudadanos que soportan mejor los sonidos de una moto con motor rectificado, y los exabructos de los noctámbulos de fín de semana.
Daba pena verlo solo, arrastrando el carrito, los fardos... pero sin sus amigos.
Y más pena daba pensar en ellos. Todos sabemos donde acaban unos perrillos sin raza definida. Siempre quise pensar que en el tiempo que se le otorga de plazo a cada perro para ser adoptado, habían encontrado un nuevo dueño, y que todavía andan felices por el mundo, recordando eso sí, las experiencias vividas con el hombre del carrito.
Dejé de verlo, desapareció.
A lo largo de estos años, me he acordado muchas veces de el.
El martes, desde el autobús, lo ví. En mi barrio.
Está más delgado, más encorvado, más viejo... Empuja su carrito, sus fardos... Y entre ellos, dos cabecitas de pelo enmarañado y sucio...
Sonreí.

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