Entre los años 1495-1496, Ludovico el Moro encargó a Da Vinci, que realizara una obra mural sobre la última cena de Jesús con los apóstoles, para el refectorio del monasterio de Santa María delle Gracie, en Milán.
Para su creación, Leonardo utilizó una técnica experimental, consistente en pintar al óleo sobre el yeso seco de la pared, lo que condujo a su rápido deterioro.
La obra, en la restauración a la que fué sometida recientemente, en opinión de los expertos, ha recuperado en parte el explendor que le otorgó Da Vinci, pero con la pérdida de la expresividad de los rostros de las trece figuras que aparecen en la pintura.

Sobre como cuidó al detalle Leonardo da Vinci los rasgos de esos rostros, encontré hace tiempo por Internet, una historia que me resultó curiosa, aunque con toda probabilidad no tenga ningún fundamento real.

La transcribo aquí, para l@s amantes como yo, de las historias.

LA HISTORIA

A Leonardo Da Vinci le llevo siete años completar su obra titulada "La Ultima Cena".
Las figuras que representan a los doce apóstoles y a Jesús fueron tomadas de personas reales.
La que sería la imágen de Cristo fue la primera en ser seleccionada, y cuando el pintór demandó un modelo, cientos de jóvenes se presentaron ante él.
Da Vinci buscaba un rostro que mostrara una personalidad inocente, pacífica y a la vez bella. Buscaba un rostro limpio de cicatrices, y de los duros rasgos que deja la vida en el que la vive intensamente, disfrutando de todos los placeres y haciendo el mal en su entorno.
Finalmente, después de algunos meses de búsqueda seleccionó a un joven de 19 años como modelo para pintar la figura de Jesús.
Durante meses, el muchacho posó para Leonardo, para que éste pudiera ultimar con éxito las facciones del personaje.
Los seis años siguientes, Da Vinci continuó seleccionando y pintando a las personas que representarían a los doce apóstoles.
Dejó para el final a Judas.
Le costó mucho tiempo encontrar al modelo adecuado. Buscaba a un hombre con una expresión dura y fría, en la que se reflejaran los más bajos instintos del ser humano. Un rostro en el que se pudiera identificar al que sería capaz de traicionar a su mejor amigo.
Alguien le comentó a Leonardo que un hombre con esas características estaba preso en la cárcel de Roma, y condenado a muerte por sus múltiples crímenes.
Viajó a Roma para verlo, y cuando entre la maraña de cabello sucio del hombre, pudo ver sus ojos, supo que había encontrado a su modelo para Judas. Su expresión de odio, y la maldad que expresaban, lo convenció.
Recurrió a sus influencias, para lograr un permiso que le permitiera desplazarlo a Milán. Se lo concedieron, y durante varios meses, el hombre posó ante él, en silencio, custodiado por dos guardianes.
Pincelada a pincelada, captó para Judas los rasgos del condenado.
Cuando ultimó la figura, se dirigió a los guardianes, y les dijo que ese había sido el último día en que había necesitado al modelo, y que podían regresar a Roma.
El reo, al escuchar aquéllo, se dirigió a Leonardo.
-Da Vinci... No me has mirado bien durante estos meses. Mírame ahora. ¿No me reconoces?.
El pintor, sorprendido, lo estudió cuidadosamente.
-Nunca te había visto antes, hasta aquel día en el calabozo de Roma. Estoy seguro.
El hombre hundió con profundidad sus ojos en los de Da Vinci.
-Sí me conoces, Leonardo. Mírame. Yo soy el joven a quien escogiste hace siete años para pintar a Cristo...