SILUETAS- 6 (Un relato por entregas)
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Comencé mi vida en el internado. Cerca de mi casa, sí, pero tan lejos al mismo tiempo... Con profesores que no eran él... Compartiendo estudios, risas, y juegos, con niños que no eran él...
Nunca podré decir que mi vida en aquel colegio fué mala. Mentiría. Pero de lunes a viernes, los días se me hacían eternos, esperando el fin de semana que pasaría en casa, junto a mi abuelo. Lo añoraba a él, y añoraba la pared de su habitación, donde sabía que siempre me esperaban mis padres.
Así fué pasando el tiempo...
Acabé con éxito el Bachiller Superior, aprobé Preu, y elegí la carrera para la que me creía más capacitado. La mala suerte hizo que aquélla carrera no se pudiera cursar en la Universidad de mi ciudad, y comenté con el abuelo mi idea de elegir otra. No quiso ni oir hablar de ello. Me animó a matricularme en ella, fuera donde fuera. Tenía que estudiar lo que realmente me gustaba, dijo.
Y así lo hice.
Nuestra relación se tuvo que hacer forzosamente más esporádica. A veces, como en época de exámenes, pasaba más de un mes sin que pudiésemos vernos.
Nuestros encuentros eran siempre entrañables, y nuestro mútuo cariño no disminuía, ni con el paso de los años, ni con la distancia. Él se sentía muy orgulloso de mí, y yo le agradecía todo lo que me había enseñado y que luego me había servido para llegar a donde estaba.
En una de las visitas de aquéllos años, me contó el por qué había tomado la decisión de separarnos é internarme en el colegio.
Tal y como lo explicó, aquel día en el que tuvo la violenta reunión con sus hijos y sus mujeres, se vió forzado a tomar aquella salida, para protegernos a los dos.
Como ya me había dicho entonces, mis tíos querían que me fuera a vivir con ellos. Realmente querían que me fuera a vivir con uno de ellos, pero los dos lo querían.
Mi abuelo sabía que no era por cariño hacia mí. Los conocía bien, y estaba convencido de que lo que les movía era el egoísmo. El mismo que cuando murió mi bisabuela les hizo dejar a mi madre fuera de la herencia.
Se repartieron entre los dos el dinero que había dejado, y se adueñaron de las tierras que poseía en su pueblo natal, para posteriormente venderlas a buen precio. Se llevaron de la casa casi todas las pertenencias de su abuela -los candelabros del comedor y la lámpara de mi habitación fueron de lo poco que dejaron-, alegando que mi madre estaba viviendo en la casa familiar, y que ya disfrutaba de lo que habían tenido sus padres. Pero en ningún momento -dijo el abuelo-, recordaron que su hermana se había comportado con ellos como una madre, renunciando a muchas cosas para poder costear sus carreras.
Esa era una parte de la historia de mi familia que yo sabía a medias. Había escuchado frases sueltas, que, aunque niño en aquel tiempo, me hacían intuír que la relación con los hermanos de mi madre, no era normal, pero tampoco le había dado mayor importancia.
Aquel egoísmo le había dolido mucho al abuelo, aunque como me dijo, a pesar de todo, eran sus hijos.
El abuelo había ido poco a poco desgranando la historia, para que yo pudiera comprender mejor, las motivaciones de mis tíos el día que le dijeron que querían llevarme a vivir con ellos.
Iba relacionada con el dinero, por supuesto.
Al morir mis padres, y ser la causa de su muerte un accidente ferroviarío, recibí una fuerte indemnización por cada unos de ellos -éste hecho yo lo desconocía, pero dejé que el abuelo siguiera con sus explicaciones-. También comencé a percibir una pensión de orfandaz -de ella sí que me había hablado con anterioridad-, y dado que mi padre trabajaba para la Compañía con la que sufrió el accidente, y que ésta disponía de un fondo para los huérfanos de padres muertos en acto de servicio, -lo que había ocurrido en el caso de papá, pues volvía de realizar un cursillo para ella-, de ese fondo recibiría una cantidad mensual, hasta mi mayoría de edad, si ya estaba trabajando, o hasta que acabara mis estudios, que era mi caso.
Mis tíos se habían informado bien acerca de todo eso, y vieron una gran oportunidad de echar mano a aquel dinero, convirtiéndose en mis turores.
Entre las palabras que yo había oído aquélla tarde, estaba la de "incapacitar". Era lo que querían hacer con el abuelo, para llevarme con ellos.
Antes de que pudieran intentarlo, el abuelo había decido lo que vió como única solución. Separarnos.
Llegados a este punto, le cogí una mano. Le dije que lo entendía, que había sido lo único que podía hacer, pero que lo que no entendía, es como de un hombre como él, habían podido nacer aquéllos hijos...
Ambos hicimos un gesto, como apartando fantasmas de nuestra mente, y sin palabras, como en un pacto, decidimos no volver a tocar nunca más aquel tema. Por parte de los dos estaba zanjado.
Aquel día, sacó de un cajón del trinchante del comedor un sobre que contenía varias libretas de ahorro a mi nombre, y me enseñó orgullosamente las cantidades que figuraban en sus saldos actualizados.
El dinero percibido por la muerte de mis padres se había multiplicado en aquéllos años, y mi pensión de orfandaz, intacta mes a mes desde entonces, se reflejaba en las hojas de una cuenta de ahorro. No había tocado ni un céntimo. Al contrario, había costeado de su propio dinero todas mis necesidades personales.
-Con este dinero, tienes asegurada una buena entrada al mundo cuando termines la carrera -dijo sonriente.
Nos reimos los dos con aquel comentario, y le dije que hacía ya mucho tiempo que había entrado en el mundo, y que era él el que me había ayudado a hacerlo.
El tiempo iba pasando.
En mis visitas observaba como su huella se iba posando en el rostro de mi abuelo, en su espalda, en sus piernas...
Él, que siempre había caminado erguido y con paso rápido, encorvaba ahora la espalda, y arrastraba los piés.
Su merma física no había ido unida a un deterioro mental. Su lucidez era la misma de siempre.
Conversábamos horas y horas, por fín los dos como verdaderos adultos. Como antiguos camaradas que se reúnen para recordar pasadas experiencias comunes.
En aquéllas visitas siempre aprovechaba alguna ausencia suya, para entrar en su habitación, y visitar a mis padres.
Cuando acababa de cumplir los veintidos años, una llamada teléfonica al piso que compartía con otros dos compañeros de Universidad, me notificó que mi abuelo había sido ingresado en una clínica, de urgencia, y en estado muy crítico.
Emprendí el viaje de inmediato, pero sólo llegué a tiempo de ver lo que eran ya sus restos, y acompañarlos a su última morada.
Lo hice sólo. Notifiqué a mis tíos la muerte de mi abuelo, pero no acudieron al entierro.
Me despedí del cuerpo del abuelo, y lo dejé reposando en la tierra, junto a su mujer. No lo habiámos hablado nunca, pero sé que es lo que él hubiera querido.
Emprendí el camino hacia nuestra casa con impaciencia.
Cuando llegué, me dirigí a la habitación del abuelo. Como esperaba, allí estaba su rostro. Me contemplaba desde la pared, con expresión de sorpresa.
Le sonreí.
En su testamento dejó muy claro que la casa quedaba en herencia para mí, y que ninguno de sus hijos tenía derecho alguno sobre ella.
No vivo en la casa, aunque regresé a mi ciudad.
Tengo un piso funcional y sin recuerdos, en la zona centro, y lo comparto con mi mujer, y mis dos hijos, que no han tenido la suerte de tener una infancia como la mía, junto a un abuelo como el que tuve yo.
Visito muy amenudo la vieja casa, y me estremezco al pensar que algún día tendré que desprenderme de ella y de su deteriorada pared, que nunca he vuelto a pintar. Me estremece pensar que será demolida, que desaparecerán, esta vez para siempre, mis seres queridos, y que mi silueta, mi rostro, mi esencia, que algún día podrían estar en ella, se perderán en la nada...
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INTERNAUTA PASEANDO POR LAS WEBS DE LA VIDA
tazzie dijo
Hola! si yo te dijera que parece mi vida, con la única salvedad es que me quedé huerfana de padre con solo 15 años, que mi "yaya" desapareció cuando yo apenas tenía 12, y tanto mi padre como mi abuela fueron mis referentes en aquel momento y en el presente.
Así como lo es mi madre, y te añado, tenía unas tías, que solo les movía el egoismo, ellas desaparecieron a primeros de año las dos. Y no se acordó de ninguno de los 3 sobrinos únicos que eramos, con el agravante que una de ellas, había que hacer lo que ella dijera, y difamar se le daba de "perlas", por eso cuando he leído este capítulo, y otros tantos son demasiado semejantes a mi vida.
No sé si es un honor, o un deshonor decirlo, pero todas y cada uno de esos capítulos conforman una vida, y de hecho una manera de ser y un carácter. El mío, no sé si bueno o malo, pero indudablemente para bien o para mal, mío.
Un abrazo desde el km 0.
16 Junio 2006 | 05:27 AM