SILUETAS- 3 (Un relato por entregas)
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En la habitación del abuelo había algo peculiar. En una de sus paredes, la que más expuesta estaba a los elementos exteriores, se formaban unas manchas extrañas. Lo curioso era, que no ocurría en ninguna de las otras habitaciones.
Parecían manchas de humedad, pero según papá no lo eran, y él culpaba a los materiales con los que se construyó la casa.
Todas las habitaciones solían pintarse en primavera, y mi padre cada año, buscaba una nueva fórmula para erradicar las extrañas manchas, pero el fenómeno volvía a producirse a los pocos días de ser pintada aquélla pared.
Un día mi abuelo y yo nos encontrábamos sentados en su cama, hablando de un tema que por aquel tiempo atraía mi atención. La muerte.
La consciencia de la muerte hacía tiempo que se había asentado en mí mente, pero hasta aquel día no me había decidido a plantearle mis preguntas y temores.
Yo le estaba contando esos terrores nocturnos que nacían de lo más profundo de mi ser, cuando por la noche, en mí cama, todavía no había dado el paso final que conduce al sueño. Esa negrura fría, infinita y vacía, que me hacía ser consciente de lo que podía ser la muerte. A mi manera, al fín y al cabo la de un niño de siete años, le había explicado lo que para mí significaba la muerte. La nada. Desaparecer. Perder la consciencia de ser, como ocurre durante el sueño cuando no se sueña, o no sabes que sueñas. El olvido. Mi olvido propio, y el de los demás de mí.
Me escuchaba como siempre, con seriedad e interés.
Después me habló.
Él, que era un magnífico instructor, me explicó que existía otro lado. No exactamente el que habíamos leído tantas veces en la Historia Sagrada de la enciclopedia de mi tío. No me estaba hablando de que cuando morimos nos espera un cielo o un infierno, y tampoco mencionaba la palabra alma. Mi abuelo se estaba refiriendo a una esencia que todos los seres poseemos y que no desaparece después de la muerte. Intentaba hacerme comprender que esa esencia queda flotando en el espacio-tiempo, y que los que estábamos vivos, podíamos percibirla. Notar, ver, en lugares concretos o determinados momentos, la presencia de los que se fueron.
Sus respuestas sí que despertaron una cierta curiosidad en mí, pero realmente no me satisfacían del todo. No acababa de entenderlo, y volví a insistir en lo que ya le había contado. Esta vez al terminar busqué su mirada, ansiando una respuesta mejor. Y... Él me la dió. ¿Me la dió?.
-Verás -me dijo-. Todos tenemos esos temores, al menos cuando somos niños. Luego, vemos las cosas diferentes. Yo, hace mucho tiempo que ya no los tengo. Hay... pruebas de que cuando morimos no lo hacemos del todo... Créelo.
Me miró más profundamente, y acarició una de mis pequeñas manos con la suya de largos dedos. Luego, desvío la mirada, se puso en pié aferrando mi mano, y me incitó a levantarme.
-Vamos. Ven. Observa esto.
Me señalaba la pared llena de manchas.
Cogidos de la mano, como aquellos dos buenos amigos que éramos nos aproximamos a ella.
-¿Qué ves?.
Me lo quedé mirando sorprendido, y él me insistió en que fijara mis ojos en aquélla serie de garabatos extraños.
-¿Sabes lo que realmente hay en esa pared?.
Hizo un gesto como de duda y luego volvió a hablar sin esperar ninguna respuesta de mi parte.
-No sé si debo confiártelo... Mira... Sólo te pido que no se lo cuentes a tus padres... Quiero que esto sea un secreto entre nosotros.
Lo miré con los ojos muy abiertos, y le aseguré que nunca se lo diría ni a papá ni a mamá. Sonrió.
-Cuando miramos las nubes, nos divertimos encontrando parecidos con las cosas, ¿Verdad?.
-Sí -contesté yo.
-¿Qué ves aquí? -me dijo señalando una de las manchas de la pared.
Me aproximé más al lugar que me indicaba, pero no encontré nada raro en aquélla mancha que el señalaba.
-¿No ves nada?.
Yo cabeceé negativamente.
-Mira el retrato de mi boda. Fíjate en la abuela. Observa su peinado.
Miré el retrato. Ví a la abuela. Observé su peínado. Volví los ojos hacia la pared. Poco a poco la mancha que me indicaba tomó forma ante mis ojos, y comenzó a destacarse de aquel conglomerado de dibujos borrosos... Era una silueta... ¡Era la imágen de mi abuela!.
-¿La ves? -preguntó..
-Sí... Veo su moño. Su perfil...
-¿Lo ves todo?. Mira esa otra. Aquí está tu bisabuela, mi suegra.
Otro rostro se perfilaba ante mí. Reconocí en la otra mancha los rasgos de la mujer a la que tan sólo conocía a través de viejas fotografías.
Le dije que la estaba viendo.
-Ven -señaló otra mancha más alejada- Aquí también esta el gato que nos has oído mencionar muchas veces. "Misino", al que quería tanto mi suegra, y que murió unos meses antes de nacer tú.
También reconocí la silueta de un gato en aquélla pared, pero al mismo tiempo, otros rostos se fueron formando en otras manchas conforme la miraba.
Pregunté al abuelo por ellos.
-Son personas que habitaron la casa antes de comprarla yo, y que ya han muerto. Como ves, no nos vamos del todo cuando morimos. Otros pueden vernos, si como tú y yo, lo intentan.
Aquel descubrimiento, aquel secreto que tan sólo mi abuelo y yo compartiámos, me hizo muy feliz. Mi miedo a la muerte se fué alejando. Me agradaba pensar que cuando ya no estuviera en éste mundo, aquel algo que estaba dentro de mí, tendría su lugar en aquélla pared, para que los moradores vivos de la casa pudieran verlo, como mi abuelo y yo lo hacíamos. Desde aquel día se convirtió en una amiga para mí. Aprovechaba cualquier ocasión para colarme dentro de la habitación del abuelo, y contemplar aquéllos rostros que yo no nunca conocí encarnados, pero que me miraban amistosos desde la pared.
Curiosamente, y no puedo explicar el por qué, el abuelo y yo no volvimos a hablar sobre aquellas siluetas. Yo nunca le dí pié para ello, pues siempre que visitaba la pared, me aseguraba de que se encontrara ausente de la casa. Me gustaba disfrutar a solas de aquel secreto que había sido de él, y que ahora consideraba mío.
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CONTINUARÁ...

INTERNAUTA PASEANDO POR LAS WEBS DE LA VIDA
tazzie dijo
Te parecera la "gran perogrullada" pero si he de hacer gala de honestidad y sinceridad, eso lo he vivido yo. Es sorprendente que uno en una nube vea, una silueta conocida, ese juego lo tenemos mi hermana la pequeña (no es tanto) y yo, y nos llaman chifladas.
No es cuestión de chifladuras, es cuestión de tener algo de imaginación, y de que algunas personas están dotadas de un 6º sentido, y éste está muy agudizado.
Eso mismo lo hago yo habitualmente, pero también en la pared, si miras un punto fijo, ves los contornos de caras, a veces conocidas, otras desconocidas completamente.
Por eso cuando en el prólogo dijiste se puede encuadrar en la "ciencia ficción", déjame decirte que yo soy real, existo, a veces soy producto de la ciencia, pero de la ficción nunca.
Un abrazo y me tienes en ¡áscuas!
13 Junio 2006 | 08:04 PM