SILUETAS -2 (Un relato por entregas)
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En el vecindario no había niños de mi edad. Estaba compuesto por matrimonios mayores con los hijos ya casados, o en edad adulta, por lo que mi abuelo era el único "chico" con el que podía jugar, hablar, pasear...
De nueve a doce de la mañana, la mesa de la cocina se convertía en mi pupitre y en su mesa de profesor, pero a partir de esa hora, éramos dos amigos que tenían todo un día por delante. Exceptuando dos de la semana, en los que él se iba por la tarde al Casino del que era socio desde su juventud, el resto del tiempo libre lo distribuíamos en largas caminatas, paseando por los parques, visitando museos, o simplemente callejeando por el centro de la ciudad.
Otras veces, mos metiámos en algún cine, y a la salida comentábamos la película. Es curioso, pero a pesar de mi corta edad en aquélla época, y del tiempo transcurrido, aún puedo recordar casi todos los títulos que ví con él.
Cuando los rigores del invierno, o el excesivo calor de los días de verano nos impedían realizar nuestras cotidianas actividades, nos quedábamos en casa charlando o escuchando la radio.
Tenía una conversación fluída, y todos los días aprendía algo nuevo de él.
Se reía cuando yo le decía que tenía un abuelo sabio. Su contestación era que sabía un poco de cada cosa, por que siempre había tenido interés en aprender de lo que tenía a su alcance. Sin yo saberlo, el también me estaba enseñando a que hiciera lo mismo.
Podía hacerle preguntas que sólo una mente infantil es capaz de imaginar, pero siempre las contestaba, con aquélla sabiduría tan particular de él, y la experiencia de los años vividos.
Me hablaba y me trataba, desde que yo podía recordar, como a una persona adulta. Fuera de las paredes de mi casa, observaba que el resto de la gente tenía la costumbre de dirigirse a los niños de una manera muy diferente a como lo hacía mi abuelo.
Normalmente, el adulto se te quedaba mirando desde arriba y sonreía bobaliconamente. Se inclinaba, y aflautando el tono de voz, pensando que con eso se acercaba más a la infancia, modulaba las tonterías tópicas. "¿Sabes que eres muy guapo?" -podías ser un verdadero engendro y te lo decían igual- "¿Vas al colegio?" "¿Aprendes mucho?" ¿Tienes muchos amigos?", etc...
Cuando me dirigían esas interesantes preguntas en presencia de mi abuelo, soliámos intercambiar una mirada de complicidad, en la que nos transmitiámos que los dos nos estábamos tronchando de risa por dentro, con los para nosotros, absurdos personajes.
Las enseñanzas de mi abuelo abarcaban campos, que como supe después, en ningún colegio me hubieran impartido.
Me instruyó ampliamente en todos los juegos de mesa que el dominaba. Guiñote, Rabino, Póker, pasando por Parchís, Ajedrez... También sus pequeños trucos y marrullerías, la mayoria de los cuales se me han ido olvidando con el paso de los años, y la falta de práctica.
Me informó, aunque solapadamente, acerca de la sexualidad -hay que contar con los tabúes de la época en la que se desarrolló mi infancia-, y despertó mi fantasía e interés por aprender de las cosas que se encuentran a nuestro alcance cada día, y de las que apenas nos percatamos.
Uno de nuestros pasatiempos favoritos era observar el cielo en días nubosos, y, sobre todo, en los que también hacía acto de presencia el viento.
Mirábamos las nubes, y sus formas caprichosas las relacionábamos con objetos o animales.
Pasábamos largos ratos oteando el horizonte, como marinos ilusionados por avistar tierra, hasta que se formaba una casita, un oso, un dragón, o cualquier otra cosa que pudiera relacionarse con algo conocido.
Sé que otros niños han jugado a ese mismo juego, pero no sé si ellos pudieron sentir las mismas sensaciones que yo experimentaba al jugarlo con mi abuelo.
En la planta superior de nuestra casa se encontraban los tres dormitorios. El más espacioso era el de mis padres. Tenía un hermoso ventanal doble, por el que aún en el día más nublado se filtraba la luz, dándole un aura de confortabilidad.
Mi habitación era algo más pequeña, y la ventana, sencilla, estaba situada en un ángulo. Las paredes estaban pintadas de azul suave, y una de las cosas que más me gustaba de ella, era la bonita lámpara de lágrimas de cristal que pendía del techo. Era herencia de mi bisabuela, junto con los candelabros también de cristal, que custodiaban ambos lados del trinchante del comedor.
Me maravillaba aquélla lámpara por que cuando recibía directamente los rayos del sol, desprendía destellos multicolores, que iban a reflejarse en el azul de la pared, formando dibujos cambiantes. En aquellos reflejos yo trataba de descubrir formas como las que me brindaban las nubes. En pocas ocasiones mis esfuerzos tuvieron éxito, pues su constante movimiento, me impedía fijar mi atención, y finalmente, sólo podía compararlos con las evoluciones de los ovnis en el cielo, que por aquel entonces ocupaban la atención pública.
Recuerdo que en mis tardes de siesta veraniega, en las que casi nunca dormía, aquellos reflejos me trasladaban a través del espacio. Yo era el piloto de una nave que vagaba a traves de galaxias desconocidas, en busca de planetas vírgenes y paradisíacos, en los que como un nuevo Adán, iba a ser el único habitante.
La habitación del abuelo era más o menos del tamaño de la mía, pero estaba orientada al otro lado de la casa, y por su ventana nunca penetraban los rayos del sol. Era la más triste.
Un día le pregunté por qué tenía aquélla habitación, y no la mía o la de mis padres. Se me quedó mirando y sonrió, aunque creí ver en sus ojos una expresión de tristeza.
Me explicó que cuando compró la casa, un par de años antes de la Guerra Civil, su mujer y él, se habían instalado en la habitación que ahora ocupaban mis padres. En ella, aún faltando mi abuela, había continuado hasta que mamá contrajo matrimonio. Entonces consideró que debía trasladarse a una habitación más pequeña, y eligió la mía, que era la que habían ocupado sus dos hijos hasta que se casaron. Mas tarde, cuando aparecí yo, y llegué a la edad en la que se pensó que ya podía dormir solo, cambió mi habitación por la que ahora tenía.
A pesar de ser un crío comprendí la renuncia que se encerraba en las palabras de mi abuelo, que poco a poco cedía en favor de los más jóvenes lo que el había poseído.
Su habitación estaba parcamente amueblada. Había una cama de hierro de matrimonio, esmaltada en color gris con adornos dorados, de los que mamá se ocupaba periódicamente, intentando mantener su antiguo explendor. Encima de la cabecera de la cama, un crucifijo con un Cristo de latón, al que también mamá arrancaba reflejos.
Según me contó mi abuelo, aquel crucifijo había adornado el ataud de su mujer, y el lo había pedido para conservarlo como recuerdo.
El retrato de su boda, con aquella desconocida para mí, que era mi abuela materna, enmarcado con una moldura labrada que era una verdadera joya, presidía otra de las paredes. En la de al lado de aquélla, dos estantes servían para alojar sus libros.
El resto del mobiliario lo componían un par de sillas, en las que dejaba púlcramente su ropa cuando se desnudaba por las noches, y una cómoda, en la que guardaba las camisas, la ropa interior -los trajes, abrigo y gabardina, compartían espacio con la ropa de mis padres en el armario de ellos- y sus recuerdos. Fotografías, billetes antiguos, sellos, programas de teatro, cartas, y alguna chuchería.
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CONTINUARÁ...

INTERNAUTA PASEANDO POR LAS WEBS DE LA VIDA
tazzie dijo
Solo te puedo decir algo, me enganchaste con el relato, quizás porque mientras leo, imagino tal cual era esa casa, el color del cielo..
En fin enhorabuena..
Un saludo,
12 Junio 2006 | 08:40 PM