¡HOLA! ¡ME CASO!
Doy por sentado que ese día en el que unes tu vida cotidiana a la de otra persona, (bien sea bajo las bendiciones de la Iglesia, con los documentos de un juzgado que certifican tú unión, o simplemente por que has dicidido convivir con tu pareja bajo el mismo techo, sin pasar por ningún registro) tiene que ser un día especial.
Hasta no hace mucho tiempo, por nuestros lares, la única opción a seguir para vivir en pareja, era la de casarse por la Iglesia, cosa que venía realizándose desde hace siglos, y que se celebraba con pompas y boatos en el caso de tener la suerte de ser adinerado.
No hay que remontarse a siglos atrás, para ver que la gente "normalita", hasta los años 60, más o menos, se casaba en la más "estrecha intimidad"; (como algunos famosos de ahora, pero sin exclusiva)con los padres y hermanos de ambos como acompañantes, y el par de destigos exigidos, normalmente amigos de el novio, de la novia, o de ambos. Al menos, en mi familia, las bodas de bisabuelos y abuelos fueron así, y también las de la mayoria de las personas mayores a las que he escuchado hablar de este tema.
A la gente de entonces también le gustaba compartir unas horas de ese día con su familia y sus amigos más íntimos, y celebraban una sencilla comida en casa de sus padres, en la que sería su hogar, o en alguna "casa de comidas" como se decía por entonces.
Debió de ser con la llegada del "600", con la "¿prosperidad?", con nuestro ingreso en la sociedad del consumo, cuando las bodas (bautizos, comuniones y varios) se empezaron a convertir en una especie de duelo de "a ver quién tiene más invitados". Macro-bodas.
-Yo, entre los de Paco y míos, sumo 260 invitados. -dice una amiga a otro que también se va a casar pronto.
-Pues... Yo... Mary tiene ya 200. Yo, alguno menos, por que no invito a los tíos de Alemania. Pero unos 120 o 130 si que caen.
No es ciencia ficción. Esto lo he escuchado más de una vez, y he asistido a bodas que superaban esas cantidades.
¿De verdad conocemos a tanta gente?. Parece mentira, ¿No?. Más bien lo que parece es que nos hemos dedicado a buscar en la guía teléfonica para confeccionar la lista de los que van a asistir a nuestro "íntimo" enlace.
Yo, alucino.
Y ahora, paso a decir el por qué de este post.
Suena el timbre de la puerta.
Abro.
Vecino algunos años más joven que yo, con el que no he tenido nunca ningún tipo de intimidad, (a no ser que darnos los buenos días en el ascensor y hablar del tiempo que hace, lo sea) y conviviendo de hace más o menos un año con su novia, y no en este patio de vecindad.
Ex-vecino con gran sonrisa, y sobre alargado en la mano:
-¡HOLA! ¡ME CASO!
Sobre en mí mano, y tarjeta de invitación en su interior.
No transcribo "nuestra" conversación, y no por no alargarme. El hecho de la "entrega tarjeteril", no estrechó más lazos.
Uno de los textos de la tarjeta de invitación dice:
"¡Os esperamos! Sin vosotros no sería lo mismo".
¿En serio?
En fín. Debo de pertenecer al mundo de los raros, pero para mí, en ese día, lo que tendría que primar, es el hecho de la unión en sí. Ese día, ese paso, es el de la pareja. (aunque en el caso de mi vecino, ya lo dió hace meses) El que quieras añadir a los familiares que más quieres, o a los amigos más íntimos, me cuadra; pero me descoloca que personas con las que no mantenemos ni la más mínima relación, entren a formar parte de ello, porque... Como decían antes:
"¿Qué vela llevo yo en ese entierro?".

INTERNAUTA PASEANDO POR LAS WEBS DE LA VIDA
Chicristi dijo
Odio asistir a las bodas, especialmente desde que tuve la agobiante experiencia de ser maestra de ceremonias durante un tiempo (qué le vamos a hacer, de algo tenía que vivir!).
Un saludo.
1 Abril 2006 | 06:07 PM