Naciendo del siglo XX en adelante, lo más probable, es que las fuentes que nos han proporcionado nuestros terrores infantiles hayan sido el cine, y posteriormente la televisión. Todo tipo de mónstruos, fantasmas, psicópatas desfigurados o no, alienígenas, robots, animales asesinos, etc., en mayor o menor medida nos han podido proporcionar alguna que otra pesadilla.
Pues mira que tenía yo para elegir... Y nada, que mi pesadilla no partió de ahí.
No recuerdo mi primer contacto con la terrórifica imágen, pero probablemente, se produciría cuando todavía andaba por la vida en la silla de paseo conducida por alguno de mis padres, o en brazos de alguno de ellos.
Mis recuerdos se remontan ya a cuando tenía tres o cuatro años.
Algunos domingos, bien a comer o a tomar café, íbamos a casa de uno de mis tíos. A mitad del recorrido que había que hacer en su calle para llegar a su portal, se encontraba lo que me infundía... Miedo, es lo que pensaba entonces, pero que de más mayor definí como repulsión, inquietud...
Era un anuncio de neón, y la figura que producía en mí aquellos sentimientos, estaba situada sobre un taller de reparaciones de automóvil, (entonces no tenía yo mucha idea de eso) sentada sobre una rueda de coche, con un brazo levantado, las piernas cruzadas, y según lo veía yo por entonces, sonriéndome malignamente.
Debía de llevar allí sus años, por que conforme fuí creciendo (aunque no quería mirarlo, tampoco podía apartar mis ojos de el) me apercibía de lo deteriorado que estaba, lo que no me consolaba en nada, claro.
Bibendum, la marca y mascota de los neumáticos Michelín, creada en 1898, fué mi peor pesadilla infantil, que acabó cuando mis tíos se trasladaron a vivir a otra zona de la ciudad, cuando yo tenía unos siete años.
Siempre he dado por supuesto, que en su larga carrera publicitaria lo mismo que en mi caso, más de un niño habrá tenido que dormir con la luz encendida, recordando las "anillas neúmaticas" del dichoso muñeco.