HABLAR Y ESCUCHAR
¿Os habéis dado cuenta de que cada vez damos menos importancia a las palabras de nuestros interlocutores?
Llevo tiempo observándolo a mi alrededor, y yo también debo de involucrarme como parte activa en muchas ocasiones.
Hasta hace un tiempo había mantenido la teoría de que las personas nos dividiámos en dos grupos. Los que hablan, y los que escuchan.
Durante años, desde mi infancia, diría yo, he sido del segundo grupo. La verdad es que no lo elegí, me lo eligieron. Casi todas las personas que iba conociendo, no es que acabaran contándome su vida, si no que comenzaban contándomela; no me molestaba, en serio, aunque alucinaba, porque, en ocasiones, personas mucho mayores que yo me confíaban sin reparos sus problemas, y me pedían consejos sobre cosas que yo todavía no había vivido. Salir airosamente de situaciones así, requiere entrenamiento, y yo lo tuve.
Curiosamente, no he sido nunca una persona curiosa, de las que disfrutan con los chismes de otros, y los traen y llevan, pero... las cosas son así.
Conforme fuy creciendo, de lo que sí me dí cuenta, es de que por mucho que una persona aparentemente se abriera ante mí, sólo lo hacía en una parte; lo que las personas suelen contar, son situaciones puntuales que les preocupan. Problemas sentimentales... familiares... fijaciones muchas veces con una determinada persona... y que en contadas ocasiones hablan (o hablamos) de su verdadero interior (y doy por sentado de que todos lo tenemos). En contadas también, sobre lo que les gusta, y me refiero a aficiones (que todos en mayor o menor medida las tenemos).
Haciendo pues ese balance, me encontré con que había escuchado millones y millones de palabras, pero no las que realmente tendría que haber escuchado. Y de lo que también me dí cuenta, es de que en esos millares de conversaciones en las que había participado, en parte pasiva y parte activa-consejera, pocos de mis interlocutores habían encontrado un hueco para escuchar algo mío personal. Si me lo planteo así, creo que con los dedos de una de mis manos, puedo contar las personas con las que he podido y puedo mantener una conversación en la que las dos partes seamos activas.
Si reflexiono sobre esto, llego a una conclusión, quizás muy personal: Nos damos demasiada importancia a nosotros mismos. Lo de que en mayor o menor medida nos creemos cada uno "el ombligo del mundo", pasa a ser cierto, cuando solo creemos de interés lo que nosotros tenemos que comunicar... Supongo que a muchos os habrá pasado que después de escuchar a otro durante... pongamos una hora, esa persona, cuando ha acabado de exponer lo suyo, ha acabado la conversación por la vía rápida, dejándoos con la palabra en la boca, cuando ibais a contarle algo que os había ocurrido a vosotros.
He pasado muchas veces por esa situación que he planteado, quizás por que se me creó una imágen en su día, y tuve que cumplir con ella. Pero hace tiempo ya, que cuando hablo con alguien, busco el diálogo; sé escuchar, pero también quiero que me escuchen, y que emitan opiniones sobre lo que yo digo. Que recuerden pasado un tiempo algo que les dije, como yo recuerdo algo que me dijeron. Para conseguir esto, o al menos para no repetir y repetir situaciones ya vividas con otras personas, he tenido que ser yo, en ocasiones, la persona que ha dejado con la palabra en la boca a otro, aunque me haya creado un cargo de conciencia.

INTERNAUTA PASEANDO POR LAS WEBS DE LA VIDA
luisa dijo
son bobos
19 Octubre 2009 | 01:04 AM