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La Coctelera

Un POCO de TODO

Temas varios y varias cosas ... de todo un poco para que engañarnos

Categoría: Un poco de lo que escribo

16 Junio 2006

SILUETAS- 6 (Un relato por entregas)

PARA LEER EL CAPÍTULO- 5 PINCHA AQUÍ

Comencé mi vida en el internado. Cerca de mi casa, sí, pero tan lejos al mismo tiempo... Con profesores que no eran él... Compartiendo estudios, risas, y juegos, con niños que no eran él...
Nunca podré decir que mi vida en aquel colegio fué mala. Mentiría. Pero de lunes a viernes, los días se me hacían eternos, esperando el fin de semana que pasaría en casa, junto a mi abuelo. Lo añoraba a él, y añoraba la pared de su habitación, donde sabía que siempre me esperaban mis padres.
Así fué pasando el tiempo...

Acabé con éxito el Bachiller Superior, aprobé Preu, y elegí la carrera para la que me creía más capacitado. La mala suerte hizo que aquélla carrera no se pudiera cursar en la Universidad de mi ciudad, y comenté con el abuelo mi idea de elegir otra. No quiso ni oir hablar de ello. Me animó a matricularme en ella, fuera donde fuera. Tenía que estudiar lo que realmente me gustaba, dijo.
Y así lo hice.

Nuestra relación se tuvo que hacer forzosamente más esporádica. A veces, como en época de exámenes, pasaba más de un mes sin que pudiésemos vernos.
Nuestros encuentros eran siempre entrañables, y nuestro mútuo cariño no disminuía, ni con el paso de los años, ni con la distancia. Él se sentía muy orgulloso de mí, y yo le agradecía todo lo que me había enseñado y que luego me había servido para llegar a donde estaba.

En una de las visitas de aquéllos años, me contó el por qué había tomado la decisión de separarnos é internarme en el colegio.
Tal y como lo explicó, aquel día en el que tuvo la violenta reunión con sus hijos y sus mujeres, se vió forzado a tomar aquella salida, para protegernos a los dos.

Como ya me había dicho entonces, mis tíos querían que me fuera a vivir con ellos. Realmente querían que me fuera a vivir con uno de ellos, pero los dos lo querían.
Mi abuelo sabía que no era por cariño hacia mí. Los conocía bien, y estaba convencido de que lo que les movía era el egoísmo. El mismo que cuando murió mi bisabuela les hizo dejar a mi madre fuera de la herencia.
Se repartieron entre los dos el dinero que había dejado, y se adueñaron de las tierras que poseía en su pueblo natal, para posteriormente venderlas a buen precio. Se llevaron de la casa casi todas las pertenencias de su abuela -los candelabros del comedor y la lámpara de mi habitación fueron de lo poco que dejaron-, alegando que mi madre estaba viviendo en la casa familiar, y que ya disfrutaba de lo que habían tenido sus padres. Pero en ningún momento -dijo el abuelo-, recordaron que su hermana se había comportado con ellos como una madre, renunciando a muchas cosas para poder costear sus carreras.
Esa era una parte de la historia de mi familia que yo sabía a medias. Había escuchado frases sueltas, que, aunque niño en aquel tiempo, me hacían intuír que la relación con los hermanos de mi madre, no era normal, pero tampoco le había dado mayor importancia.
Aquel egoísmo le había dolido mucho al abuelo, aunque como me dijo, a pesar de todo, eran sus hijos.
El abuelo había ido poco a poco desgranando la historia, para que yo pudiera comprender mejor, las motivaciones de mis tíos el día que le dijeron que querían llevarme a vivir con ellos.
Iba relacionada con el dinero, por supuesto.
Al morir mis padres, y ser la causa de su muerte un accidente ferroviarío, recibí una fuerte indemnización por cada unos de ellos -éste hecho yo lo desconocía, pero dejé que el abuelo siguiera con sus explicaciones-. También comencé a percibir una pensión de orfandaz -de ella sí que me había hablado con anterioridad-, y dado que mi padre trabajaba para la Compañía con la que sufrió el accidente, y que ésta disponía de un fondo para los huérfanos de padres muertos en acto de servicio, -lo que había ocurrido en el caso de papá, pues volvía de realizar un cursillo para ella-, de ese fondo recibiría una cantidad mensual, hasta mi mayoría de edad, si ya estaba trabajando, o hasta que acabara mis estudios, que era mi caso.
Mis tíos se habían informado bien acerca de todo eso, y vieron una gran oportunidad de echar mano a aquel dinero, convirtiéndose en mis turores.
Entre las palabras que yo había oído aquélla tarde, estaba la de "incapacitar". Era lo que querían hacer con el abuelo, para llevarme con ellos.
Antes de que pudieran intentarlo, el abuelo había decido lo que vió como única solución. Separarnos.
Llegados a este punto, le cogí una mano. Le dije que lo entendía, que había sido lo único que podía hacer, pero que lo que no entendía, es como de un hombre como él, habían podido nacer aquéllos hijos...
Ambos hicimos un gesto, como apartando fantasmas de nuestra mente, y sin palabras, como en un pacto, decidimos no volver a tocar nunca más aquel tema. Por parte de los dos estaba zanjado.
Aquel día, sacó de un cajón del trinchante del comedor un sobre que contenía varias libretas de ahorro a mi nombre, y me enseñó orgullosamente las cantidades que figuraban en sus saldos actualizados.
El dinero percibido por la muerte de mis padres se había multiplicado en aquéllos años, y mi pensión de orfandaz, intacta mes a mes desde entonces, se reflejaba en las hojas de una cuenta de ahorro. No había tocado ni un céntimo. Al contrario, había costeado de su propio dinero todas mis necesidades personales.
-Con este dinero, tienes asegurada una buena entrada al mundo cuando termines la carrera -dijo sonriente.
Nos reimos los dos con aquel comentario, y le dije que hacía ya mucho tiempo que había entrado en el mundo, y que era él el que me había ayudado a hacerlo.
El tiempo iba pasando.
En mis visitas observaba como su huella se iba posando en el rostro de mi abuelo, en su espalda, en sus piernas...
Él, que siempre había caminado erguido y con paso rápido, encorvaba ahora la espalda, y arrastraba los piés.
Su merma física no había ido unida a un deterioro mental. Su lucidez era la misma de siempre.
Conversábamos horas y horas, por fín los dos como verdaderos adultos. Como antiguos camaradas que se reúnen para recordar pasadas experiencias comunes.
En aquéllas visitas siempre aprovechaba alguna ausencia suya, para entrar en su habitación, y visitar a mis padres.
Cuando acababa de cumplir los veintidos años, una llamada teléfonica al piso que compartía con otros dos compañeros de Universidad, me notificó que mi abuelo había sido ingresado en una clínica, de urgencia, y en estado muy crítico.
Emprendí el viaje de inmediato, pero sólo llegué a tiempo de ver lo que eran ya sus restos, y acompañarlos a su última morada.
Lo hice sólo. Notifiqué a mis tíos la muerte de mi abuelo, pero no acudieron al entierro.
Me despedí del cuerpo del abuelo, y lo dejé reposando en la tierra, junto a su mujer. No lo habiámos hablado nunca, pero sé que es lo que él hubiera querido.
Emprendí el camino hacia nuestra casa con impaciencia.
Cuando llegué, me dirigí a la habitación del abuelo. Como esperaba, allí estaba su rostro. Me contemplaba desde la pared, con expresión de sorpresa.
Le sonreí.
En su testamento dejó muy claro que la casa quedaba en herencia para mí, y que ninguno de sus hijos tenía derecho alguno sobre ella.
No vivo en la casa, aunque regresé a mi ciudad.
Tengo un piso funcional y sin recuerdos, en la zona centro, y lo comparto con mi mujer, y mis dos hijos, que no han tenido la suerte de tener una infancia como la mía, junto a un abuelo como el que tuve yo.
Visito muy amenudo la vieja casa, y me estremezco al pensar que algún día tendré que desprenderme de ella y de su deteriorada pared, que nunca he vuelto a pintar. Me estremece pensar que será demolida, que desaparecerán, esta vez para siempre, mis seres queridos, y que mi silueta, mi rostro, mi esencia, que algún día podrían estar en ella, se perderán en la nada...

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15 Junio 2006

SILUETAS- 5 (Un relato por entregas)

PARA LEER EL CAPÍTULO- 4 PINCHA AQUÍ

Mi abuelo no dijo nada sobre las figuras de la pared aquella noche. Ni nunca más volvimos a hablar de ellas.
La pérdida de mis padres nos afectó a los dos, pero de manera diferente. Yo me consolaba sabiendo que ellos estaban en la casa. De otra forma a como cuando estaban vivos, pero seguían ahí. Podía verlos.
El abuelo, en cambio, no tenía consuelo.
Después del entierro, sus hijos, mis tíos, con los que apenas nos habiámos relacionado, al menos desde que yo tenía conciencia de ello, merodearon durante varios días por nuestra casa.
Me miraban con cara de circunstancias... me daban palmaditas en la cabeza... y hacían comentarios tales como: "Habrá que hacer algo contigo..." . Sus mujeres, lo mismo.
Mi abuelo los observaba con una mirada extraña, que ni aún la pena que enturbiaba sus ojos, podía disimular.
Unas tres semanas después de la muerte de mis padres, se presentaron los cuatro en casa -en sus visitas no solían coincidir- El abuelo los llevó al comedor, y a mí me dijo que me fuera a mi habitación.
No era lo normal, y lo miré con extrañeza, pidiéndole con los ojos una explicación.
Me hizo un gesto impaciente con la mano, y tuve que obedecerle.
Cerró la puerta en cuanto yo salí.
No fuí a mi habitación. Me quedé sentado en el último peldaño de la escalera, donde aunque abriesen la puerta del comedor, no podrían verme. Quería escuchar lo que decían. Estaba convencido de que iban a hablar de mí. No hubiera podido explicarlo, pero estaba casi seguro.
Al principio, el volumen de las voces eran normales, y sólo escuchaba su murmullo, casi sin distinguir a quien pertenecían. Algo más tarde, las voces subieron de tono, y se mezclaban las unas con las otras.
Escuché palabras y frases sueltas como: "Tu no puedes"... "Incapacidad"... "Nos lo llevaremos"...
Y la voz del abuelo, alterada como nunca la había escuchado: "Egoísmo".... "Indemnización"...
Aquéllo duró como una hora, y acabó con un gran portazo cuando mis tíos se fueron de la casa.
Durante mucho rato, el abuelo no dió señales de vida. Yo no sabía que hacer. Estaba asustado.
Bajé despacio las escaleras. Conforme me acercaba al comedor, escuchaba al abuelo sollozar.
Llegué a la puerta, y me quedé allí un momento. El abuelo estaba sentado, con la cara entre las manos, y los codos apoyados en la mesa. Las convulsiones de los sollozos sacudían sus hombros.
Entré en la habitación, y él, al notar mi presencia, extendió sus brazos hacia mi.
Corrí a refugiarme en ellos.
Lloramos los dos. Lloramos mucho. No sé cuanto tiempo...
Cuando el se fué serenando, me apartó suavemente, y sacó un pañuelo de su bolsillo. Secó mis lágrimas, y luego secó las suyas.
Sus ojos estaban enrojecidos, pero al mismo tiempo parecían muertos.
Se levantó y cogió mi mano.
-Vamos a la cocina -dijo.
Sentados a la mesa, como lo habiámos hecho miles de veces, mi abuelo, mi profesor, mi amigo, trató de explicarme lo que había ocurrido aquélla tarde.
-Tus tíos querían que fueras a vivir con ellos... Los dos lo querían. Yo me he negado. Pero... No sé como explicártelo ahora. No entenderías todo... No podrás tampoco seguir viviendo conmigo...
Al escuchar aquéllo las lagrimas y los sollozos se apoderaron otra vez de mí.
Al abuelo también se le anegaron los ojos.
-Desde que eras pequeño, te he hablado como si fueras más mayor. Creo que lo sabes de sobra. Pero esto no te lo puedo contar ahora... Tendrás que hacer lo que he decidido, o nos separarán para siempre. No podriámos volver a vernos...
Lo miré desconsolado.
Él, siguió.
-Para evitar eso, no habrá más remedio que internarte en un colegio. No... No es tan malo. Conocerás a niños de tu edad, aprenderás cosas que aún no sabes, y que yo ya no te puedo enseñar, y los fines de semana los pasarás conmigo. También tendrás vacaciones... Muchas...
Su voz se iba animando mientras hablaba, y yo me animaba con el, pero no me convencían sus palabras.
-¿Por qué tengo que ir a un internado, abuelo?. ¿Por qué no sólo a un colegio normal y seguir viviendo contigo...?. ¿Y por qué no me cuentas por qué debo hacerlo?. Por favor...
-Dentro de unos años te explicaré todo, hijo. Entonces lo entenderás. Nos va a doler a los dos estar separados esos cinco días a la semana, pero es lo único que podemos hacer ahora.

CONTINUARÁ...

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14 Junio 2006

SILUETAS- 4 (Un relato por entregas)

PARA LEER EL CAPÍTULO- 3 PINCHA AQUÍ

Mis padres no viajaban mucho. Aunque se les habían presentado oportunidades, siempre había planteado mamá el problema de dejarnos solos al abuelo y a mí. Tan sólo en un par de ocasiones, habían hecho una escapada de dos o tres días a otras ciudades, a las que papá había tenido que desplazarse por motivos de trabajo.
Tenía nueve años, cuando mi padre anunció que su empresa le costeaba una estancia en Madrid durante ocho días, para él y su esposa. En ese período tenía que realizar un cursillo que le abriría la posibilidad de un ascenso.
Todos los compañeros que habían sido seleccionados junto con él, irían acompañados por sus mujeres; así que papá, ayudado por el abuelo, emprendió la ardua tarea de convencer a mamá.
A mí nadie me pidió opinión, pero he de decir que aunque no me gustaba estar separado de mis padres, la idea de estar solo con el abuelo durante aquéllos días, distaba mucho de desagradarme.
Él cocinaría esas comidas que mamá nunca nos preparaba, por que decía que eran dañinas para el abuelo y para mí, y podriámos quedarnos escuchando la radio por la noche, hasta horas que no nos estaban permitidas con mis padres en casa.
Sería maravilloso.
Lo fué.
Mi madre accedió a acompañar a mi padre.
La semana resultó estupenda. Como yo la había imaginado. Hicimos todo lo que nos apeteció.
Paseamos sin horario fijo de regreso. Fuimos al cine varios días seguidos. Escuchamos la radio hasta que el sueño nos vencía. Compramos pasteles y tabletas de chocolate con almendras, que muy de tarde en tarde nos ofrecía mamá... Hizo guisos con estupendas salsas... Y como guinda que remató nuestra exquisita tarta de libertad, uno de los últimos días, fuimos de tapas a varios Bares del centro de la ciudad.
Allí degustamos las para mí, tan deseadas gambas a la plancha, y los calamares rebozados, fritos y crujientes, que eran una delicia, y que casi nunca preparaba mi madre, alegando que era un plato muy caro, y que no podía permitírselo un presupuesto como el nuestro.
Aquel día no comimos nada en casa, recreándonos los dos en el regustillo que tan sabrosos manjares habían dejado en nuestros paladares.
Mis padres tenían que regresar un domingo por la noche, en un tren que llegaría sobre las once. Yo les había pedido que nos permitieran ir a esperarlos a la estación, pero se habían negado, alegando que las once de la noche era ya una hora avanzada para que yo estuviera fuera de casa. También habían bromeado con las llegadas de los trenes: "Se sabe cuando salen, pero no cuando llegan...". La frase la he hecho mía con el correr de los años, y con conocimiento de causa.
Esa noche, el abuelo preparó la cena sobre las nueve. Cenamos, y guardamos dos platos en el horno caliente, para cuando papá y mamá volvieran a casa.
Después de fregar el abuelo las cazuelas y platos que había utilizado para la cena, nos sentamos a la mesa de la cocina otra vez, para escuchar la radio.
El tiempo fué pasando, y se acercaba ya la medianoche, cuando la emisora que teniámos conectada interrumpió su programación.
Era una nóticia de última hora.
El Rápido Madrid-Zaragoza, había descarrilado a unos cincuenta kilómetros de su destino, probablemente a causa de algún corrimiento de tierras producido por las fuertes tormentas que había sufrido aquella zona en los últimos días.
Nos miramos asustados.
Sabíamos que era ese el tren en el que ellos viajaban.
El abuelo reaccionó, y me dijo que iba a pasar a la casa vecina. Ellos tenían teléfono, y desde allí podría hablar con la Compañía de Ferrocarriles para pedir información sobre mis padres. Me besó con los ojos brillantes de lágrimas, e intentó tranquilizarme, diciendo que no iba a pasar nada, que mis padres estaban bien, y que volverían a casa sanos y salvos.
Entretanto, el locutor de la radio seguía informando sobre el accidente. Explicaba que la operación de rescate de las víctimas ya había comenzado.
Había muchos supervivientes, la mayoría de ellos, heridos de mayor o menos consideración, pero que también se habián rescatado varios cadáveres, y que se esperaba encontrar más todavía.

Yo miré al abuelo, y no dije nada. Él tampoco.
Cuando el abuelo cerró la puerta de la calle para ir a la casa de aquellos vecinos, corrí escaleras arriba, a su habitación. Encendí la luz, y miré la pared.
No me costó mucho encontrarlos. Entre la multitud de manchas, se perfilaban las siluetas de los rostros de mis padres.
Habían muerto.
Sí. Muertos. Aunque aquel algo que no muere con el cuerpo, estaba allí, conmigo. Me sentí triste. Pero mi tristeza se veía mitigada ante la consciencia de saber que mis padres no me habían abandonado del todo.
El abuelo regresó al rato a casa, y al ver que no me encontraba en la planta baja, subió al piso alto.
Me halló en su habitación. Con la vista fija en la pared.
Me puso una mano en el hombro, con dulzura. Yo lo miré.
Su semblante estaba alterado, pero intentaba sonreirme.
-No saben nada de ellos -dijo-. Aún no han rescatado a todos los accidentados.
-Están muertos, abuelo -le dije yo con voz serena.
-No. Están vivos -me respondió con la suya quebrada por la duda-. Están vivos,lo están...
-Están muertos -volví a repetir yo-. Mira sus rostros. Están en la pared.
Miró hacia donde yo le indicaba. Estuvo un rato observando las manchas, y luego volvió sus ojos hacia mí. Obsevé que las lágrimas se derramaban por sus mejillas.
Suspiró, y sollozó al mismo tiempo.
Su voz entrecortada no parecía la de el.
-Hijo... Perdóname... Te mentí... No hay nada en esa pared... Te dije aquéllas cosas por que lo estabas pasando mal, y no quería que le tuvieras miedo a la muerte. Ahí sólo hay manchas. No son otra cosa que manchas en una pared. Tus padres no están ahí. Están vivos... Ya lo verás... Hijo... Perdón...
Me abrazó muy fuerte. Lloraba. Nunca hasta entonces lo había visto hacerlo. El lloraba, pero yo no. Por encima de su hombro seguía viendo a mis padres, y parecía que hasta me sonreían...
A las tres de la madrugada, los vecinos recibieron una llamada de la Compañía de Ferrocarriles, en la que se comunicaba la muerte de mis padres.
Sus cuerpos habían sido encontrados entre los retorcidos hierros del vagón en el que viajaban, y uno de los compañeros de papá, que había sobrevivido al accidente, los había reconocido.

CONTINUARÁ...

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13 Junio 2006

SILUETAS- 3 (Un relato por entregas)

PARA LEER EL CAPÍTULO- 2 PINCHA AQUÍ

En la habitación del abuelo había algo peculiar. En una de sus paredes, la que más expuesta estaba a los elementos exteriores, se formaban unas manchas extrañas. Lo curioso era, que no ocurría en ninguna de las otras habitaciones.
Parecían manchas de humedad, pero según papá no lo eran, y él culpaba a los materiales con los que se construyó la casa.
Todas las habitaciones solían pintarse en primavera, y mi padre cada año, buscaba una nueva fórmula para erradicar las extrañas manchas, pero el fenómeno volvía a producirse a los pocos días de ser pintada aquélla pared.
Un día mi abuelo y yo nos encontrábamos sentados en su cama, hablando de un tema que por aquel tiempo atraía mi atención. La muerte.
La consciencia de la muerte hacía tiempo que se había asentado en mí mente, pero hasta aquel día no me había decidido a plantearle mis preguntas y temores.

Yo le estaba contando esos terrores nocturnos que nacían de lo más profundo de mi ser, cuando por la noche, en mí cama, todavía no había dado el paso final que conduce al sueño. Esa negrura fría, infinita y vacía, que me hacía ser consciente de lo que podía ser la muerte. A mi manera, al fín y al cabo la de un niño de siete años, le había explicado lo que para mí significaba la muerte. La nada. Desaparecer. Perder la consciencia de ser, como ocurre durante el sueño cuando no se sueña, o no sabes que sueñas. El olvido. Mi olvido propio, y el de los demás de mí.
Me escuchaba como siempre, con seriedad e interés.
Después me habló.
Él, que era un magnífico instructor, me explicó que existía otro lado. No exactamente el que habíamos leído tantas veces en la Historia Sagrada de la enciclopedia de mi tío. No me estaba hablando de que cuando morimos nos espera un cielo o un infierno, y tampoco mencionaba la palabra alma. Mi abuelo se estaba refiriendo a una esencia que todos los seres poseemos y que no desaparece después de la muerte. Intentaba hacerme comprender que esa esencia queda flotando en el espacio-tiempo, y que los que estábamos vivos, podíamos percibirla. Notar, ver, en lugares concretos o determinados momentos, la presencia de los que se fueron.
Sus respuestas sí que despertaron una cierta curiosidad en mí, pero realmente no me satisfacían del todo. No acababa de entenderlo, y volví a insistir en lo que ya le había contado. Esta vez al terminar busqué su mirada, ansiando una respuesta mejor. Y... Él me la dió. ¿Me la dió?.
-Verás -me dijo-. Todos tenemos esos temores, al menos cuando somos niños. Luego, vemos las cosas diferentes. Yo, hace mucho tiempo que ya no los tengo. Hay... pruebas de que cuando morimos no lo hacemos del todo... Créelo.
Me miró más profundamente, y acarició una de mis pequeñas manos con la suya de largos dedos. Luego, desvío la mirada, se puso en pié aferrando mi mano, y me incitó a levantarme.
-Vamos. Ven. Observa esto.
Me señalaba la pared llena de manchas.
Cogidos de la mano, como aquellos dos buenos amigos que éramos nos aproximamos a ella.

-¿Qué ves?.
Me lo quedé mirando sorprendido, y él me insistió en que fijara mis ojos en aquélla serie de garabatos extraños.
-¿Sabes lo que realmente hay en esa pared?.
Hizo un gesto como de duda y luego volvió a hablar sin esperar ninguna respuesta de mi parte.
-No sé si debo confiártelo... Mira... Sólo te pido que no se lo cuentes a tus padres... Quiero que esto sea un secreto entre nosotros.
Lo miré con los ojos muy abiertos, y le aseguré que nunca se lo diría ni a papá ni a mamá. Sonrió.
-Cuando miramos las nubes, nos divertimos encontrando parecidos con las cosas, ¿Verdad?.
-Sí -contesté yo.
-¿Qué ves aquí? -me dijo señalando una de las manchas de la pared.
Me aproximé más al lugar que me indicaba, pero no encontré nada raro en aquélla mancha que el señalaba.
-¿No ves nada?.
Yo cabeceé negativamente.
-Mira el retrato de mi boda. Fíjate en la abuela. Observa su peinado.
Miré el retrato. Ví a la abuela. Observé su peínado. Volví los ojos hacia la pared. Poco a poco la mancha que me indicaba tomó forma ante mis ojos, y comenzó a destacarse de aquel conglomerado de dibujos borrosos... Era una silueta... ¡Era la imágen de mi abuela!.
-¿La ves? -preguntó..
-Sí... Veo su moño. Su perfil...
-¿Lo ves todo?. Mira esa otra. Aquí está tu bisabuela, mi suegra.
Otro rostro se perfilaba ante mí. Reconocí en la otra mancha los rasgos de la mujer a la que tan sólo conocía a través de viejas fotografías.
Le dije que la estaba viendo.
-Ven -señaló otra mancha más alejada- Aquí también esta el gato que nos has oído mencionar muchas veces. "Misino", al que quería tanto mi suegra, y que murió unos meses antes de nacer tú.
También reconocí la silueta de un gato en aquélla pared, pero al mismo tiempo, otros rostos se fueron formando en otras manchas conforme la miraba.
Pregunté al abuelo por ellos.
-Son personas que habitaron la casa antes de comprarla yo, y que ya han muerto. Como ves, no nos vamos del todo cuando morimos. Otros pueden vernos, si como tú y yo, lo intentan.
Aquel descubrimiento, aquel secreto que tan sólo mi abuelo y yo compartiámos, me hizo muy feliz. Mi miedo a la muerte se fué alejando. Me agradaba pensar que cuando ya no estuviera en éste mundo, aquel algo que estaba dentro de mí, tendría su lugar en aquélla pared, para que los moradores vivos de la casa pudieran verlo, como mi abuelo y yo lo hacíamos. Desde aquel día se convirtió en una amiga para mí. Aprovechaba cualquier ocasión para colarme dentro de la habitación del abuelo, y contemplar aquéllos rostros que yo no nunca conocí encarnados, pero que me miraban amistosos desde la pared.
Curiosamente, y no puedo explicar el por qué, el abuelo y yo no volvimos a hablar sobre aquellas siluetas. Yo nunca le dí pié para ello, pues siempre que visitaba la pared, me aseguraba de que se encontrara ausente de la casa. Me gustaba disfrutar a solas de aquel secreto que había sido de él, y que ahora consideraba mío.

CONTINUARÁ...

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12 Junio 2006

SILUETAS -2 (Un relato por entregas)

PARA LEER EL CAPÍTULO- 1 PINCHA AQUÍ

En el vecindario no había niños de mi edad. Estaba compuesto por matrimonios mayores con los hijos ya casados, o en edad adulta, por lo que mi abuelo era el único "chico" con el que podía jugar, hablar, pasear...
De nueve a doce de la mañana, la mesa de la cocina se convertía en mi pupitre y en su mesa de profesor, pero a partir de esa hora, éramos dos amigos que tenían todo un día por delante. Exceptuando dos de la semana, en los que él se iba por la tarde al Casino del que era socio desde su juventud, el resto del tiempo libre lo distribuíamos en largas caminatas, paseando por los parques, visitando museos, o simplemente callejeando por el centro de la ciudad.
Otras veces, mos metiámos en algún cine, y a la salida comentábamos la película. Es curioso, pero a pesar de mi corta edad en aquélla época, y del tiempo transcurrido, aún puedo recordar casi todos los títulos que ví con él.
Cuando los rigores del invierno, o el excesivo calor de los días de verano nos impedían realizar nuestras cotidianas actividades, nos quedábamos en casa charlando o escuchando la radio.
Tenía una conversación fluída, y todos los días aprendía algo nuevo de él.
Se reía cuando yo le decía que tenía un abuelo sabio. Su contestación era que sabía un poco de cada cosa, por que siempre había tenido interés en aprender de lo que tenía a su alcance. Sin yo saberlo, el también me estaba enseñando a que hiciera lo mismo.
Podía hacerle preguntas que sólo una mente infantil es capaz de imaginar, pero siempre las contestaba, con aquélla sabiduría tan particular de él, y la experiencia de los años vividos.
Me hablaba y me trataba, desde que yo podía recordar, como a una persona adulta. Fuera de las paredes de mi casa, observaba que el resto de la gente tenía la costumbre de dirigirse a los niños de una manera muy diferente a como lo hacía mi abuelo.
Normalmente, el adulto se te quedaba mirando desde arriba y sonreía bobaliconamente. Se inclinaba, y aflautando el tono de voz, pensando que con eso se acercaba más a la infancia, modulaba las tonterías tópicas. "¿Sabes que eres muy guapo?" -podías ser un verdadero engendro y te lo decían igual- "¿Vas al colegio?" "¿Aprendes mucho?" ¿Tienes muchos amigos?", etc...

Cuando me dirigían esas interesantes preguntas en presencia de mi abuelo, soliámos intercambiar una mirada de complicidad, en la que nos transmitiámos que los dos nos estábamos tronchando de risa por dentro, con los para nosotros, absurdos personajes.
Las enseñanzas de mi abuelo abarcaban campos, que como supe después, en ningún colegio me hubieran impartido.
Me instruyó ampliamente en todos los juegos de mesa que el dominaba. Guiñote, Rabino, Póker, pasando por Parchís, Ajedrez... También sus pequeños trucos y marrullerías, la mayoria de los cuales se me han ido olvidando con el paso de los años, y la falta de práctica.
Me informó, aunque solapadamente, acerca de la sexualidad -hay que contar con los tabúes de la época en la que se desarrolló mi infancia-, y despertó mi fantasía e interés por aprender de las cosas que se encuentran a nuestro alcance cada día, y de las que apenas nos percatamos.
Uno de nuestros pasatiempos favoritos era observar el cielo en días nubosos, y, sobre todo, en los que también hacía acto de presencia el viento.
Mirábamos las nubes, y sus formas caprichosas las relacionábamos con objetos o animales.

Pasábamos largos ratos oteando el horizonte, como marinos ilusionados por avistar tierra, hasta que se formaba una casita, un oso, un dragón, o cualquier otra cosa que pudiera relacionarse con algo conocido.
Sé que otros niños han jugado a ese mismo juego, pero no sé si ellos pudieron sentir las mismas sensaciones que yo experimentaba al jugarlo con mi abuelo.
En la planta superior de nuestra casa se encontraban los tres dormitorios. El más espacioso era el de mis padres. Tenía un hermoso ventanal doble, por el que aún en el día más nublado se filtraba la luz, dándole un aura de confortabilidad.
Mi habitación era algo más pequeña, y la ventana, sencilla, estaba situada en un ángulo. Las paredes estaban pintadas de azul suave, y una de las cosas que más me gustaba de ella, era la bonita lámpara de lágrimas de cristal que pendía del techo. Era herencia de mi bisabuela, junto con los candelabros también de cristal, que custodiaban ambos lados del trinchante del comedor.
Me maravillaba aquélla lámpara por que cuando recibía directamente los rayos del sol, desprendía destellos multicolores, que iban a reflejarse en el azul de la pared, formando dibujos cambiantes. En aquellos reflejos yo trataba de descubrir formas como las que me brindaban las nubes. En pocas ocasiones mis esfuerzos tuvieron éxito, pues su constante movimiento, me impedía fijar mi atención, y finalmente, sólo podía compararlos con las evoluciones de los ovnis en el cielo, que por aquel entonces ocupaban la atención pública.
Recuerdo que en mis tardes de siesta veraniega, en las que casi nunca dormía, aquellos reflejos me trasladaban a través del espacio. Yo era el piloto de una nave que vagaba a traves de galaxias desconocidas, en busca de planetas vírgenes y paradisíacos, en los que como un nuevo Adán, iba a ser el único habitante.
La habitación del abuelo era más o menos del tamaño de la mía, pero estaba orientada al otro lado de la casa, y por su ventana nunca penetraban los rayos del sol. Era la más triste.
Un día le pregunté por qué tenía aquélla habitación, y no la mía o la de mis padres. Se me quedó mirando y sonrió, aunque creí ver en sus ojos una expresión de tristeza.
Me explicó que cuando compró la casa, un par de años antes de la Guerra Civil, su mujer y él, se habían instalado en la habitación que ahora ocupaban mis padres. En ella, aún faltando mi abuela, había continuado hasta que mamá contrajo matrimonio. Entonces consideró que debía trasladarse a una habitación más pequeña, y eligió la mía, que era la que habían ocupado sus dos hijos hasta que se casaron. Mas tarde, cuando aparecí yo, y llegué a la edad en la que se pensó que ya podía dormir solo, cambió mi habitación por la que ahora tenía.
A pesar de ser un crío comprendí la renuncia que se encerraba en las palabras de mi abuelo, que poco a poco cedía en favor de los más jóvenes lo que el había poseído.
Su habitación estaba parcamente amueblada. Había una cama de hierro de matrimonio, esmaltada en color gris con adornos dorados, de los que mamá se ocupaba periódicamente, intentando mantener su antiguo explendor. Encima de la cabecera de la cama, un crucifijo con un Cristo de latón, al que también mamá arrancaba reflejos.
Según me contó mi abuelo, aquel crucifijo había adornado el ataud de su mujer, y el lo había pedido para conservarlo como recuerdo.
El retrato de su boda, con aquella desconocida para mí, que era mi abuela materna, enmarcado con una moldura labrada que era una verdadera joya, presidía otra de las paredes. En la de al lado de aquélla, dos estantes servían para alojar sus libros.
El resto del mobiliario lo componían un par de sillas, en las que dejaba púlcramente su ropa cuando se desnudaba por las noches, y una cómoda, en la que guardaba las camisas, la ropa interior -los trajes, abrigo y gabardina, compartían espacio con la ropa de mis padres en el armario de ellos- y sus recuerdos. Fotografías, billetes antiguos, sellos, programas de teatro, cartas, y alguna chuchería.

CONTINUARÁ...

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11 Junio 2006

SILUETAS - 1 (Un relato por entregas)

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Viviámos los cuatro miembros de mi familia, en una casita de dos plantas, a las afueras de la ciudad. En la actualidad está rodeada de edificios de reciente construcción, que se yerguen a su lado majestuosos, y entre los cuales aparece desvirtuada y añeja. Sé que no podré conservarla durante mucho más tiempo, aunque me resisto a venderla. El Ayuntamiento, dentro de poco amenazará con expropiarla, puesto que el terreno que ocupa, en una barriada ahora de moda, ha alcanzado cantidades fabulosas, y antes de que eso ocurra, sé que aceptaré la oferta de alguna constructora. Me han llovido en los últimos años, me llueven... Pero las rechazo...

Mis padres se habían casado un par de años antes de mi llegada al mundo. En ese intermedio, mamá había tenido un aborto espontáneo, que de haber llegado a nacer, probablemente hubiera sido su primer y único hijo, como luego lo fuí yo.
Ella, en el momento de mi nacimiento contaba ya con treinta y cinco años, y aunque papá era algo más joven, se hicieron el planteamiento de no tener más descendencia, decisión en la que también influyó el que el padre de mamá, o sea, mi abuelo, viviera con nosotros.
Mi madre se había quedado huérfana muy joven de la suya, y había tenido que hacerse cargo de sus dos hermanos, de su padre, y de su abuela materna, ya muy anciana. Todo esto le había impedido formalizar relaciones a una edad en la que casi todas las mujeres lo hacen.
Con el tiempo, los hermanos se casaron, la abuela murió, y, finalmente, ella y su padre, aun relativamente joven, quedaron solos.
Entonces apareció en su vida, el que sería mi padre, que se enamoró perdidamente de ella, y al que no le pareció mal comenzar su vida de casado con alguien más en el hogar.
Cuando yo nací -según me contaron más tarde-, no fuy muy bien recibido por parte mi abuelo. Estaba acostumbrado a ser el niño mimado de la casa, y mi aparición debió de representar para el un gran cambio; ese mismo que percibe en el ambiente el primer hijo, cuando aparece el indeseado hermanito que viene a llevarse todos los mimos y atenciones de los padres, y que hasta entonces habían sido exclusivamente para él.
Todo esto yo no lo noté, pues conforme crecía, encontraba que mi abuelo suplía al hermano que nunca tendría. Era mi abuelo, mi amigo, mi hermano, y también mi maestro.
Como los colegios se encontraban alejados de la zona en que viviámos, mis padres no se interesaron demasiado en incorporarme a la vida escolar. Mi abuelo llenó entonces esa laguna.
Antes de cumplir los cuatro años ya leía y escribía casi correctamente gracias a su tutela, y todo hay que decirlo, a su paciencia.
Se acompañaba de medios estrictamente rudimentarios. El periódico, que se compraba diariamente en casa, era mi cartilla. Los grandes titulares me sirvieron para enlazar mis primeras palabras, y un poco más adelante, los artículos en letra pequeña, mis primeras lecturas.
En la Aritmética me introdujo por el sencillo método de ponerme él las primeras muestras de números, igual que había hecho con las letras, y posteriormente, ayudado con cuadernos que comprábamos en la papelería, que incorporaban pequeños problemas.
Lo pasábamos en grande los días que saliámos a comprar aquellos materiales. El elegía con cuidado los cuadernos de caligrafía que me ayudaban a mejorar la letra, y los de aritmética que me hacían avanzar día a día en el conocimiento de la materia. Pedía con seguridad aquéllos lápices del nº 2, de grafito ni muy duro ni muy blando, que como el decía, eran los mejores, y tomaba con delicadeza en su mano ya un poco afectada por la artritis, las pequeñas gomas de borrar, examinándolas con atención de experto.
Tiempo más tarde, la enciclopedia que uno de mis tíos no se había llevado al casarse, también nos sirvió para profundizar en otras materias, que de no tenerla, le hubiera resultado mucho más difícil hacermélas comprender.
Todo esto me sirvió para que años más tarde, con tan sólo un par de cursos en un colegio, pudiera acceder a la edad en que todo el mundo lo hacía, a primero de Bachillerato Elemental, pasando con éxito las pruebas obligatorias. Eran otros tiempos...

CONTINUARÁ...

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10 Junio 2006

PRÓLOGO DE "SILUETAS" (Un relato por entregas)

Los que me leéis más amenudo, sabéis que uno de mis aficiones es la lectura, y creo que de pasada en algún post, también he mencionado que me gustaba escribir. Lo hago desde hace tiempo, desde la infancia. Cosillas cortas, cuentos, y en la adolescencia, bajo la influencia de Bécquer, que leí por aquellos tiempos, hasta poesía. Nefastos mis poemas eso sí. Me autocritico y me flagelo por ellos públicamente. Un día en el que no tenga un chiste para colgar en el blog, meteré uno de ellos, y sé que las carcajadas que genere, aunque se produzcan en el lugar más alejado de donde resido, llegarán hasta mis oídos.
En lo que respecta a escribir novelas o relatos... He seguido con ello hasta ahora. La verdad es que en los últimos tiempos no escribo mucho, pero de vez en cuando, le doy a la tecla con una cierta inspiración, y algo va saliendo.
Desde hace días me andaba rondando la idea de colgar algún relato en el blog, pero hasta ahora, la verdad, me ha dado corte. Y me lo sigue dando, pero he decidido colgar uno.
Durante mucho tiempo nadie leyó lo que escribía. Ni la familia ni los amig@s. Escribía y lo guardaba. De vez en cuando lo sacaba, lo releía, lo corregía si hacía falta, y volvía a guardarlo.
Fué por casualidad que cayera en las manos de alguien de mi familia uno de ellos... Y el caso es que le gustó. Era uno, que si había que meterlo en un género, sería en el de ciencia-ficción, y que es el único que he escrito sobre eso.
El caso es que me animó a presentarme a algún concurso literario.
Yo, que he leído mucho, la verdad es que no valoro lo que escribo como para tratar de hacer comparaciones entre lo mío y lo de los buenos autores. Con los malos, se puede comparar cualquiera, claro. Se juntan letras, y ya está. Pero no es ese el caso.
A los pocos meses me presenté a un certámen literario en mi ciudad. Gané el primer premio que se otorgaba. Por supuesto ni me lo creía.
Me he presentado después de aquéllo en varias ocasiones, y ha habido otros premios, y otras veces no ha habido nada.

Sigo escribiendo, porque me gusta, y como siempre, en primer lugar, escribo para mí.
El relato que voy al colgar, estará dividido en varios post, quizás cinco o séis. Tiene una extensión de doce páginas en Dina4 a doble espacio, y calculo que esa será su extensión por aquí.
Es el primero que presenté a concurso, y el que ganó ese premio que he mencionado antes.
Hace dos años, un amigo que anda metido en cosas de cine, adaptó la historia para un corto cinematográfico, que dirigió él mismo. Posteriormente lo presentó a un certámen de nóveles realizadores, y... Ganó el primer premio. Así que por ahí anda el relato, hecho imágen.
Gracias por anticipado a los que tengaís la paciencia de leerlo. Vuestros comentarios y opiniones también serán de agradecer.

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