31 DE DICIEMBRE - 2006
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OS DESEO A TOD@S

Temas varios y varias cosas ... de todo un poco para que engañarnos
31 Diciembre 2006
25 Diciembre 2006
24 Diciembre 2006
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No lo leí yo ni me lo leyeron.
La primera vez que tuve contacto con este cuento de Andersen, fué a través de la voz de un locutor radiofónico que lo escenificaba en un programa infantil, creo recordar que por estas mísmas fechas, cuando yo tenía cuatro o cinco años.
La truculencia de la descripción de las últimas horas de una niña que yo imaginé de más o menos mi edad, me impactó, y recuerdo que me persiguió durante mucho tiempo.
Tardé bastante en leerlo. Fué casi en edad adulta. La edad en la que debiera haberlo escuchado por vez primera.
Talvez Andersen lo escribiera como cuento para niños, pero no lo es (como muchos otros de los suyos tampoco lo son). Su carga emocional traspasa las barreras infantiles, y sólo una mente adulta está realmente preparada para asumir una historia que puede ser real en cualquier época, en cualquier lugar, y en cualquier instante. Es un relato que no ha perdido vigencia, y lamentablemente nunca la perderá.
Pero un niño pequeño que escucha ese relato, no puede ir más allá en una historia en la que la protagonista agoniza mientras enciende cerillas.
Sólo imagina la nieve que cae sobre la niña, el frío que congela sus huesos, el hambre que siente, y lo sola que está (porque aunque en ningún momento se menciona que la niña sea mala, no la quieren, y eso, sobre todo para un niño pequeño, es lo peor).
Es un buen relato, pero no lo recomiendo para que lo regaléis a vuestros hijos o sobrinos estas Navidades.
En cambio, si que lo cuelgo para que lo leáis vosotros. Nos conviene de vez en cuando refrescar la memoria, y pensar que no todos los niños tienen hogar, comida y cariño aunque sea Navidad.
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¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.
Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.
La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.
Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!
Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.
Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.
-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: "Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios".
Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.
-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!
Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.
Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.
-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.
Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.
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23 Diciembre 2006
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No le había vuelto a ver desde hace tres o cuatro años.
Su imágen se me había hecho familiar en los últimos 20 años, empujando al principio un carrito de mano lleno de fardos de contenido impreciso, y, pasado el tiempo, un carrito de supermercado de mayor capacidad de albergue.
La leyenda, urbana o no, le atribuye un pasado: Médico cirujano, de más o menos prestigio. Posición desahogada, y felizmente casado. Una enfermedad de su mujer obliga a una intervención que realiza él mismo.
Ella muere en el quirófano. El, desesperado, lo abandona todo. Su hogar será la calle, y el techo que lo cubrirá, el cielo.
Los primeros años lo recuerdo solo, pero poco a poco comenzó a formar una familia.
Muy numerosa.
Pequeñas cabecitas de pelo sucio y enmarañado asomaban por entre los fardos que componían sus pertenencias. Gruñidos y conatos de ladrido que reclamaban la atención de su amo-amigo, me hacían examinar con más detenimiento el carrito, para intentar contabilizar a quienes los emitían.
Los miraba a ellos, y lo miraba a él, y siempre, sin darme cuenta, acababa esbozando una sonrisa de ternura al contemplar a aquella extraña familia, a cuyo "padre" nunca he visto alargar la mano para solicitar una limosna para mantenerla.
Los que hemos elegido (o podemos) vivir una vida "normal", somos intransigentes, y no sabemos, o no queremos entender la de los demás.
A alguien le molestó que esos numerosos perrillos acompañaran el deambular del hombre del carrito, y circuló por el barrio la noticia de que a causa de una denuncia se los habían quitado.
No habían mordido a nadie. Eran perritos pequeños, y el hombre procuraba asignarle a cada uno un bozal, pero quizás sus ladridos y gemidos, molestaban en la noche a ciudadanos que soportan mejor los sonidos de una moto con motor rectificado, y los exabructos de los noctámbulos de fín de semana.
Daba pena verlo solo, arrastrando el carrito, los fardos... pero sin sus amigos.
Y más pena daba pensar en ellos. Todos sabemos donde acaban unos perrillos sin raza definida. Siempre quise pensar que en el tiempo que se le otorga de plazo a cada perro para ser adoptado, habían encontrado un nuevo dueño, y que todavía andan felices por el mundo, recordando eso sí, las experiencias vividas con el hombre del carrito.
Dejé de verlo, desapareció.
A lo largo de estos años, me he acordado muchas veces de el.
El martes, desde el autobús, lo ví. En mi barrio.
Está más delgado, más encorvado, más viejo... Empuja su carrito, sus fardos... Y entre ellos, dos cabecitas de pelo enmarañado y sucio...
Sonreí.
23 Diciembre 2006
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Las voces de los niños de San Idelfonso cantando unos números que la mayoria no llevábamos, han efectuado el pistoletazo de salida para las fiestas.
Los últimos años, los intereses comerciales nos venden la moto navideña ya a primeros de noviembre, enlazando los "huesos de santo", de exquisito mazapán, con los también ricos, porque no decirlo, turrones.
Nuestras calles comienzan a poblarse de bombillas, cuando todavía andas casi en manga corta, y en los escaparates comienzan a aflorar los abrigados muñecos de Papá Noel.
Conforme avanza el mes, la publicidad televisiva se va sumando al ambiente pre-pre-pre-navideño, invitándonos a consumir más en aras de la aún lejana Navidad.

Pero... En realidad, por mucho que intenten cambiarnos el chip, todo ha empezado hoy.
Ahora si es Navidad...
17 Diciembre 2006
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Estamos a una semana de la Navidad.
No, no. Ni voy a denostarla, ni a ensalzarla. Está ahí, y cumple su función según como cada uno quiera vivirla.
Como me gusta volver la vista atrás (en mi caso aún no se puede decir que sea cosa de la edad), hoy me he remontado a unas Navidades en particular, lo que me ha permitido establecer comparaciones con las presentes.
Esas comparaciones, en principio, se centran en un tema: En las felicitaciones Navideñas.
Ayer, en una papelería, compré unos cuantos "christmas". Más por tenerlos a mano, por si a alguien se le ocurre enviar alguno a mi casa, que con intención de mandarlos yo, y eso me ha hecho remontarme a unas Navidades en las que batí records de envío.
Eran esos años en los que todavía no se tiraba de teléfono (y menos de móvil, porque no se había inventado aún), ni de Internet (a este, como mucho podías imaginarlo a través de algún relato de ciencia ficción), para felicitar a parientes y amigos.

Me hice cargo aquel año de escribir las tarjetas que había que enviar a la familia, a los amigos de mis padres, y a mis propios amigos. Y... recuerdo perfectamenta la cantidad. Ciento cinco (105). Ufff. Impensable en estos tiempos, ¿Verdad?.
Pasé toda una tarde de domingo escribiéndolas, buscando la frase adecuada para cada uno que iba a recibirla, para que al leerla notara que iba dedicada especialmente para el-ella.
El "trabajo" no se me hizo en absoluto pesado, y otras Navidades volvió a repetirse, aunque la cantidad ya no llegó a ser tan alta como aquel año.
La llamada telefónica fué desbancando paulatinamente a la tarjeta de felicitación, y ya más cercanos, los e-mail y los sms, las han ido anulando.
Como la mayoría, ya no escribo, al menos, de puño y letra. Utilizo los medios más comodos, más sofisticados, y también más impersonales.
Aunque... ¿Por qué tienen que ser impersonales?. La tarjeta de cartulina puede trasladarse a la pantalla de nuestro pc, y lo que es más, nosotros podemos confeccionarla y personalizarla para el que la va a recibir. De hecho, yo lo hago así.
No me gusta recurrir a las webs a través de las cuales puedes envíar felicitaciones. Y aún menos me gusta recurrir al sms de moda. Las Navidades pasadas, todo el mundo recibía por e-mail las mismas "tarjetas" y por sms, la misma "graciosa" felicitación.
Vale que las tecnologías puestas a nuestro alcance, nos permiten (o nos obligan) a darle un giro a las cosas más tradicionales, pero... Tras la tecnología estamos siempre nosotros. ¿Porqué no invertir unos minutos en crear una tarjeta para nuestros amigos, con nuestras propias palabras y nuestros propios deseos? Lo mismo para un sms. ¿Tanto cuesta escribir "Feliz Navidad te desea...." y no andar reenviando lo que nos han mandado?.
14 Diciembre 2006
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Leí "El Perfume" al poco tiempo de editarse, y aunque no he vuelto a leerla, a pesar del tiempo transcurrido, siempre la he incluído entre mis novelas favoritas.
Recuerdo que por aquel entonces, al comentarla con los amigos, teniámos muy claro que era un argumento perfecto para guionizarlo y llevarlo al cine, pero eso sí, teniámos nuestras reservas de como podía ser plasmado en la pantalla.
No sé si la memoria me falla, pero creo recordar, que bastante tiempo más tarde, en algún medio cinéfilo, se comentó que Kubrick estaba interesado en adquirir los derechos, pero que desechó la idea por considerarla imposible para trasladarla a la pantalla. Posteriormente Jean-Jacques Arnaud también pareció dispuesto a acometer la empresa, aunque finalmente quedó todo en un proyecto, como ocurrió por parte de algún otro director en fechas ya más cercanas.
Cuando el año pasado tuve noticia de que se estaba rodando, en serio, me hizo ilusión, pero al mismo tiempo comenzaron mis dudas sobre si "el perfume" de la novela podría "olerse" en la pantalla.
A lo largo de este tiempo, he desechado en varias ocasiones mi intención de volver a leerla. He preferido ver la película con tan sólo esos retazos que permanecen en mi memoria, y la "esencia" de la historia que tanto me entusiasmó hace años.
Y por fín he podido hacer comparaciones...
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Casi fiel al cien por cien a la novela (aunque habrá fieles estudiosos de ella, que echarán en falta algúnos detalles). Conforme la iba viendo, todos sus pasajes acudían a mi memoria, como si los estuviera leyendo otra vez.
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Aunque el personaje de Jean Baptiste Grenouille, no reune en el filme las características físicas del creado por Süskind (de baja estatura, encorvado, cojo y con un rostro completamente deformado por numerosas heridas), Ben Whishaw, el actor que lo interpreta, si que nos transmite la personalidad fría, mezquina y desprovista de todo tipo de sentimiento hacia los demás, de Grenouille. Su mirada lo dice todo. Perfecto en su papel el muchacho.

Su más que correcta ambientación, nos ayuda a sumergirnos desde el principio de la película, en el mundo de olores que pudimos experimentar con la imaginación leyendo la novela.
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Tom Tykwer, con adecuados movimientos de cámara, justos efectos especiales y una puntual banda sonora, consigue meternos de lleno en una historia difícil de contar, por lo intangible de su argumento central (el olor), y nos hace sentirnos partícipes de ella.
Algo que parecía tan imposible, este joven director lo ha hecho posible.
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Una buena elección de los actores también potencia la película. Desde la magnífica interpretación de Whishaw, pasando por la de Hoffman (al que por cierto, que no se me olvide preguntar, en que fuente de la juventud bebe para a sus 69 años, aparentar cincuenta y tantos), por la de Rickman, y el resto de los que componen los personajes, te hacen todavía más creíble la historia.
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¿Alguien piensa despues de leer lo anterior que me ha gustado?
Pues sí. Y mucho.
Otra que me atrevo a recomendar.
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TÍTULO ORIGINAL: The story of a murderer
AÑO: 2005
NACIONALIDAD: Alemania-Francia-España
FOTOGRAFÍA: Frank Griebe
MÚSICA: Reinhold Heil, Johnny Klimek, Tom Tykwer
GUIÓN: Andrew Birkin, Bernd Eichinger, Tom Tykwer
DIRECTOR: Tom Tykwer
INTÉRPRETES: Ben Whishaw, Dustin Hoffman, Alan Rickman, Rachel Hurd Wood, Birgit Minichmayr, Sian Thomas, Sam Douglas, Corinna Harfouch
5 Diciembre 2006

Sin FX también se pueden crear trucos visuales que engañen a nuestros ojos y a nuestra imaginación.

Eso es algo de lo que ofrece "El Ilusionista".
Sin pretensiones, como una película "de las de antes", en la que no encontraremos ni un maravilloso guión, ni unas interpretaciones extraordinarias, pero sí una atmósfera que te atrapa.

El amor, la maldad, la intriga, y la magia, se dosifican a partes iguales, para ofrecernos una película interesante y entretenida, alejada del trepidante ritmo del cine actual.
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TÍTULO ORIGINAL: (The illusionist)
NACIONALIDAD: EE.UU.
DURACIÓN: 110 mtos.
DIRECTOR: Neil Burger
PRODUCTOR: Brian Koppelman, David Levien, Michael London, Bob Yari, Cathy Schulman
INTÉRPRETES: Edward Norton, Paul Giamatti, Jessica Biel, Rufus Sewell
INTERNAUTA PASEANDO POR LAS WEBS DE LA VIDA